Me gusta comprender las cosas y cuando no las entiendo, intento preguntar para satisfacer mi curiosidad y porque me siento mucho más cómodo cuando todo encaja. Probablemente soy muy cuadriculado en ciertos aspectos y me siento inseguro ante situaciones que no comprendo del todo. No sé si a los demás les pasará lo mismo, o en general son capaces de pasar más de todo y atajar los acontecimientos según se presentan. Lo cierto es que mi comportamiento en general siempre tiene un porqué y no sé si los demás lo entienden... O siquiera les importa.
Desde hace cuatro años, mi vida ha dado un giro importante que básicamente está afectando a mis relaciones personales. Ya no consigo verlas de la misma forma. Y me imagino que ellos tampoco me verán igual. De hecho, me imagino que piensan que actúo raro y es cierto; realmente no actúo como me gustaría hacerlo.
No dejo de intentar conocer gente, aunque antes o después llega el punto crucial... Y no me atrevo a dar el paso por diversas razones: Principalmente creo que estoy haciendo perder el tiempo a alguien que no va a encontrar en mí a una persona entregada al 100%. Y no porque no quiera entregarme precisamente. Creo también que estoy ante una difícil situación cuando conozco a otra persona.
¿No le cuento lo que me pasa? Probablemente si "actúo" como si no pasara nada extraño, el otro no se daría cuenta de que tengo este problema, al menos durante un tiempo. Después probablemente empezaría a pensar que me estoy conteniendo o que no soy apasionado, o que no me hace disfrutar... Lo cual es cierto, pero no porque él no quiera hacerme disfrutar, sino porque mi cuerpo no funciona. Y lo más probable que ocurriría sería una ruptura o sufrir dolor porque se haya implicado en la relación, sienta algo profundo por mí y yo no le corresponda como debería. Parecería que yo no quiero corresponderle, pero lo cierto es que en mi situación es como si me faltasen parte de los sentidos: no tengo la sensibilidad de antes para meterme en la relación e ir haciendo las pequeñas correcciones para que todo vaya funcionando.
Si por el contrario, le cuento lo que me pasa... Aparte de lo difícil que sería decidir en qué momento se lo digo... ¿No se sentiría dolida una persona por algo así? ¿Me creería? Porque seamos serios, esto es algo tan poco común que debe sonar rarísimo. Las personas a las que se lo he contado yo creo que se quedan en un estado entre no comprenderlo y no creerlo. Algunos probablemente no lo pensarán durante mucho tiempo, dado que en realidad no suele haber contactos posteriores. Pero puede que le haya hecho daño a alguien... No, más bien tengo la certeza de haberle hecho daño a alguien. Simplemente espero que el daño no fuera muy grande.
Por descontado, a mí me duele. No es sólo que no sienta placer sexual, sino que ha cortado tajantemente mis relaciones. Y me duele no sólo porque no pueda disfrutar como antes, cuando surgía alguna ocasión en la que no tenía que plantearme nada más. Que sólo por eso ya es una putada increíble, aunque la solución a eso viene siendo básicamente pasar del tema todo lo posible y no pensarlo.
Lo que me duele de verdad es que en este tiempo he conocido personas a las que me hubiera gustado entregarme de una forma diferente. Pero ¿qué alternativa tengo?
Ojalá al menos cuando alguien se interese por mí sea capaz de ir más allá, preguntarme lo que me pasa y entender lo que quiero explicar. Porque puede que no sea capaz de sentir placer sexual, pero no todo en la vida es eso... Aunque es muy importante, la verdad. Y sin embargo no tengo claro cómo implicarme con otra persona profundamente (digamos, buscando una relación a largo plazo) sin que comprenda lo que me pasa. Pero está claro que también necesito las otras cosas que una relación puede dar a dos personas.
Otra cosa son las amistades y tal y cual... Algo a lo que yo también estoy abierto. Aunque me da la sensación de que eso es tan difícil o más y daría para otra parrafada.
Que conste que todo esto no lo digo desde el rencor ni la depresión... Sino desde la realidad. Esto es lo que hay.
domingo, 19 de febrero de 2012
lunes, 2 de enero de 2012
¡Dámelo Todo!
Esta tarde me apetecía tomar un café. Como luego suelo tener problemas de sueño, decidí hacérmelo descafeinizado. Tengo una cafetera express (o como se diga) que me dieron hace años, de esas que se llena un filtro metálico con el café molido, se pone dentro del cacito, se echa agua en el depósito y en un minuto, ya está el café hecho.
El descafeinado no me gusta tanto como el café normal. Se ve que con la caféina se llevan también parte del sabor. Así que para que estuviera un poco más concentradito, llené el filtro hasta arriba, como para cuatro tazas, pero eché algo menos de agua. Le di al botón de encendido y mientras la máquina se lo curraba, me puse a hacer otras cosas en la cocina.
Al poco tiempo escucho que empieza a hervir el agua y veo que comienza a salir el café, pero parecía que brotaba con dificultad... Entonces, en plan de coña, como si estuviese animando a la cafetera a correrse, dije "¡Dámelo Todo!".
Simultáneamente a mi interjeción, la cafetera soltó un sifonazo, como cuando abres un grifo después de que se haya ido el agua y ha entrado aire en las tuberías. El café rebotó contra el fondo de la jarra y se espurreó por todos los alrededores. La cafetera soltó unos cuantos cuescos más y luego pareció calmarse, momento que aproveché para alcanzar el interruptor, apagarla y descojonarme.
Qué cabrona, cómo me dejó toda la mesa. El café se pudo salvar y me lo tomé, aunque al final de la taza descubrí que en lugar de unos pocos posos para leer el futuro, había medio centímetro de espesor. Un futuro bastante negro, o más bien marronáceo. Vaya mierda, vaya mierda :)
Ahora queda la incertidumbre de si cuando ponga el café mañana, volverá a explotar.
El descafeinado no me gusta tanto como el café normal. Se ve que con la caféina se llevan también parte del sabor. Así que para que estuviera un poco más concentradito, llené el filtro hasta arriba, como para cuatro tazas, pero eché algo menos de agua. Le di al botón de encendido y mientras la máquina se lo curraba, me puse a hacer otras cosas en la cocina.
Al poco tiempo escucho que empieza a hervir el agua y veo que comienza a salir el café, pero parecía que brotaba con dificultad... Entonces, en plan de coña, como si estuviese animando a la cafetera a correrse, dije "¡Dámelo Todo!".
¡PAF!
Simultáneamente a mi interjeción, la cafetera soltó un sifonazo, como cuando abres un grifo después de que se haya ido el agua y ha entrado aire en las tuberías. El café rebotó contra el fondo de la jarra y se espurreó por todos los alrededores. La cafetera soltó unos cuantos cuescos más y luego pareció calmarse, momento que aproveché para alcanzar el interruptor, apagarla y descojonarme.
Qué cabrona, cómo me dejó toda la mesa. El café se pudo salvar y me lo tomé, aunque al final de la taza descubrí que en lugar de unos pocos posos para leer el futuro, había medio centímetro de espesor. Un futuro bastante negro, o más bien marronáceo. Vaya mierda, vaya mierda :)
Ahora queda la incertidumbre de si cuando ponga el café mañana, volverá a explotar.
domingo, 1 de enero de 2012
Año Nuevo, Misma Vida, Pero Mejor
Hala, ya hemos pasado esa barrera psicológico-temporal-ficticia que supone la noche entre el 31 de diciembre de un año y el 1 de enero del siguiente. Años compuestos de meses, días, horas, minutos y segundos cuyo significado sirve básicamente para situarnos temporalmente, algo que nos ayuda a vivir pensando en lo que hemos hecho y lo que vamos a hacer, sin centrarnos precisamente en lo que estamos viviendo en cada momento, que es lo que realmente importa.
Medidas de tiempo que aún necesitan de ciertos ajustes, como este año que por arte de birli-birloque tendrá un día más. Año bisiesto, ideal para echar el doble de siestas. O para echar siestas con bisexuales. ¿Cómo aprovechar ese regalo de un día más? Por lo que sé, mucha gente ni se lo ha planteado y anoche salió a beber, ir de fiesta y sobrepasar los límites como si no hubiera un mañana: HOY.
Yo por mis partes, he dormido muy bien. Ayer tuve una experiencia mental increíble. Nunca me había sentido tan intensamente, tan vivo. La sensación de que todas las posibilidades se abrían ante mí era tan poderosa, que hubo un momento que sentí algo de miedo y decidí quedarme en casa a controlar y disfrutar todo aquello. Mi cerebro fue todo el día con el turbo puesto. Probablemente estaba hasta las cejas de dopamina o lo que sea. Es difícil de explicar, aunque despues de eso, ahora veo todo con otros ojos.
Esta mañana estaba en bolas en casa, haciéndome unas fotos para actualizar los perfiles de contactos, hasta que de pronto he visto al vecino de enfrente mirando directamente hacia mí por la ventana, hablando por teléfono. Me he imaginado que me estaba viendo perfectamente a través de mi estor translúcido, así que le he saludado un par de veces con la mano. La segunda vez me ha contestado.
Me he marchado a la cocina a hacer algunas cosas y luego he venido a escribir. No es que me diera vergüenza seguir con mis sesión de fotos. Es que si quiere porno gratis, que se baje alguna peli o que venga y echamos un polvo. Y mira que ni siquiera sé si está bueno (que seguramente no). Pero si llevaba un rato mirando por la ventana, algo le debía interesar ¿no?
No se olviden de aprovechar cada día como si fuera el último. Porque podría serlo ¿no?
Medidas de tiempo que aún necesitan de ciertos ajustes, como este año que por arte de birli-birloque tendrá un día más. Año bisiesto, ideal para echar el doble de siestas. O para echar siestas con bisexuales. ¿Cómo aprovechar ese regalo de un día más? Por lo que sé, mucha gente ni se lo ha planteado y anoche salió a beber, ir de fiesta y sobrepasar los límites como si no hubiera un mañana: HOY.
Yo por mis partes, he dormido muy bien. Ayer tuve una experiencia mental increíble. Nunca me había sentido tan intensamente, tan vivo. La sensación de que todas las posibilidades se abrían ante mí era tan poderosa, que hubo un momento que sentí algo de miedo y decidí quedarme en casa a controlar y disfrutar todo aquello. Mi cerebro fue todo el día con el turbo puesto. Probablemente estaba hasta las cejas de dopamina o lo que sea. Es difícil de explicar, aunque despues de eso, ahora veo todo con otros ojos.
Esta mañana estaba en bolas en casa, haciéndome unas fotos para actualizar los perfiles de contactos, hasta que de pronto he visto al vecino de enfrente mirando directamente hacia mí por la ventana, hablando por teléfono. Me he imaginado que me estaba viendo perfectamente a través de mi estor translúcido, así que le he saludado un par de veces con la mano. La segunda vez me ha contestado.
Me he marchado a la cocina a hacer algunas cosas y luego he venido a escribir. No es que me diera vergüenza seguir con mis sesión de fotos. Es que si quiere porno gratis, que se baje alguna peli o que venga y echamos un polvo. Y mira que ni siquiera sé si está bueno (que seguramente no). Pero si llevaba un rato mirando por la ventana, algo le debía interesar ¿no?
No se olviden de aprovechar cada día como si fuera el último. Porque podría serlo ¿no?
domingo, 25 de diciembre de 2011
Lo Que Tu Digas... O No
Ayer como preliminar a la cena de nochebuena, que este año me tocaba organizar a mí por primera vez, tuve una discusión. Probablemente es algo un poco personal y no me beneficie comentarlo, pero esta es mi forma de ser y en parte con este blog pretendo que quien pueda interesarse por mí me conozca mejor. Aunque bueno, soy consciente de que esto no lo lee ni el Tato jajajaja. Intentaré ser breve.
Como he comentado anteriormente, hace unos cuatro meses que estoy a dieta. Es bastante estricta y no es nada bueno salirse de las normas. Entre muchas otras cosas, se prohibe el azúcar, pero también la mayoría de los edulcorantes artificiales. Esto significa que prácticamente sólo se puede beber agua o cosas preparadas con ella (algún café e infusiones).
Cuando no estaba a dieta, las comidas o cenas con los amigos solían incluir algún refresco; el sabor dulce suele entrar muy bien. Lo mismo pasaba si salía a tomar algo: muchas de las bebidas que se venden son azucaradas o llevan edulcorantes. Desde que comencé la dieta, todo eso he tenido que dejarlo. No me ha supuesto mucho sacrificio salvo por el tema de salir, que reduce bastante las posibilidades de lo que puedo tomar. Pero en casa no hay ningún problema. Si quedamos los amigos en mi casa, ese mismo día compramos lo que ellos quieren beber y listo. Si voy a casa de otros, como sólo bebo agua no tengo problemas nunca. A mis amigos tampoco parece importarles: si no hay refrescos, se bebe agua y punto. A mí me parece de lo más sencillo y conveniente.
Así que al pequeño grupo familiar, le tocaba desplazarse a mi casa para cenar. Me preguntaron si necesitaba algo y la verdad es que entre mis padres y yo ya lo dejamos casi todo preparado. Antes de que saliese de casa, le envié un mensaje a mi hermana, diciéndole que si querían beber algo especial, podían traerlo. Craso error. ¿Lo veis? Yo me lo imaginé, pero no pensé que se iba a disparar de esa manera.
Al poco de llegar, se le soltó la lengua como suele pasarle a las mujeres: me dijo que le parecía muy cutre lo que había hecho, que cómo no había comprado la bebida yo, que si lo organizaba yo tendría que tener un poco de todo para ofrecer, que qué hacía cuando invitaba a alguien, ¿le pedía que trajese la bebida?
Bueno, yo flipaba, pero no me callé, porque ya estoy harto de los manejos de los demás y sobre todo de cómo son las tías. Le dije que no tenía nada porque yo no lo podía tomar, ¿por qué tenía que tener almacenada bebida por la posibilidad de que viniese alguien a casa, cosa que no ocurre casi nunca? No me da la gana, hombre. Yo ofrezco lo que tengo, no tengo por qué tener un muestrario de productos y luego tirar la mitad porque se me estropean sin usarlos.
Y vale, entiendo que se ha impuesto como más "socialmente aceptable" lo de tener ese muestrario para agradar a las visitas... Pero no acabo de compartirlo. Si yo necesito algo, lo pido con educación. Ofrecer y ofrecer y ofrecer... No sé cómo explicarlo, pero me agobia.
Hala, se abre la veda para que rajéis acerca de mi comportamiento.
Como he comentado anteriormente, hace unos cuatro meses que estoy a dieta. Es bastante estricta y no es nada bueno salirse de las normas. Entre muchas otras cosas, se prohibe el azúcar, pero también la mayoría de los edulcorantes artificiales. Esto significa que prácticamente sólo se puede beber agua o cosas preparadas con ella (algún café e infusiones).
Cuando no estaba a dieta, las comidas o cenas con los amigos solían incluir algún refresco; el sabor dulce suele entrar muy bien. Lo mismo pasaba si salía a tomar algo: muchas de las bebidas que se venden son azucaradas o llevan edulcorantes. Desde que comencé la dieta, todo eso he tenido que dejarlo. No me ha supuesto mucho sacrificio salvo por el tema de salir, que reduce bastante las posibilidades de lo que puedo tomar. Pero en casa no hay ningún problema. Si quedamos los amigos en mi casa, ese mismo día compramos lo que ellos quieren beber y listo. Si voy a casa de otros, como sólo bebo agua no tengo problemas nunca. A mis amigos tampoco parece importarles: si no hay refrescos, se bebe agua y punto. A mí me parece de lo más sencillo y conveniente.
Así que al pequeño grupo familiar, le tocaba desplazarse a mi casa para cenar. Me preguntaron si necesitaba algo y la verdad es que entre mis padres y yo ya lo dejamos casi todo preparado. Antes de que saliese de casa, le envié un mensaje a mi hermana, diciéndole que si querían beber algo especial, podían traerlo. Craso error. ¿Lo veis? Yo me lo imaginé, pero no pensé que se iba a disparar de esa manera.
Al poco de llegar, se le soltó la lengua como suele pasarle a las mujeres: me dijo que le parecía muy cutre lo que había hecho, que cómo no había comprado la bebida yo, que si lo organizaba yo tendría que tener un poco de todo para ofrecer, que qué hacía cuando invitaba a alguien, ¿le pedía que trajese la bebida?
Bueno, yo flipaba, pero no me callé, porque ya estoy harto de los manejos de los demás y sobre todo de cómo son las tías. Le dije que no tenía nada porque yo no lo podía tomar, ¿por qué tenía que tener almacenada bebida por la posibilidad de que viniese alguien a casa, cosa que no ocurre casi nunca? No me da la gana, hombre. Yo ofrezco lo que tengo, no tengo por qué tener un muestrario de productos y luego tirar la mitad porque se me estropean sin usarlos.
Y vale, entiendo que se ha impuesto como más "socialmente aceptable" lo de tener ese muestrario para agradar a las visitas... Pero no acabo de compartirlo. Si yo necesito algo, lo pido con educación. Ofrecer y ofrecer y ofrecer... No sé cómo explicarlo, pero me agobia.
Hala, se abre la veda para que rajéis acerca de mi comportamiento.
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desencuentros,
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domingo, 6 de noviembre de 2011
Ansiedad y Autocontrol
Hace un par de meses me pusieron a dieta. Fue bastante repentino; esperaba que el médico diera ese paso (más que nada, porque todos suelen hacerlo), aunque no que lo hiciera tan pronto, en la primera cosulta después de explicarle mis síntomas.
Antes de eso, yo llevaba unos meses intentando perder peso por mi cuenta; lo conseguí en una pequeña cantidad, pero me quedé estancado. En realidad, como cuento en la cabecera del blog, casi siempre he luchado contra el sobrepeso y lo he llevado bastante mal. Hay que reconocer que encuentro un gran placer en comer y el ejercicio tampoco es mi fuerte, por lo que tenía todas las papeletas para estar gordo. Además, las dietas que me iban proponiendo dejaban de funcionarme, o yo me cansaba, o terminaba harto de que me echaran broncas por no avanzar.
Aparte, claro está, si un día me apetecía esto, otro día aquello y al siguiente lo de más allá, sí podía me daba el capricho. Uno tras otro, disfrutando de los sabores (en parte creo que por no poder disfrutar de otras cosas)... Salvo cuando no los disfrutaba por comer compulsivamente, por no poder conseguir esa satisfacción que mi cabeza disfraza de hambre.
Cuando me dio la hoja de esta dieta, flipé bastante. Era mucho más estricta de todas las que había intentado hasta el momento. Y también era muy diferente. Examinando con más calma la información una vez llegué a casa, lo primero que pensé era cómo narices iba a poder seguirla. No había opciones, o eso parecía; no podía ni acercarme a comer lo que me había habituado a consumir durante años. Era otro mundo que me exigía unos cambios de hábitos radicales.
En algún sitio he leído o escuchado que para acostumbrarse a algo, es necesario hacerlo durante tres semanas. A partir de ahí, al parecer, se coge el hábito y ya no es tan costoso. No sé si será verdad; lo cierto es que sobre todo la primera semana alucinaba para pensar, planificar y hacer lo que tenía que comer durante el día. Cinco comidas al día, con sus reglas establecidas y tener que llevar las cosas preparadas al trabajo, intentando no salirme de las pautas. Total, que al principio, sin costumbre ni referencias, me pasaba todo el tiempo que tenía ocupado con las dichosas comiditas.
Por suerte, esta vez me pilló con ganas de cambiar, porque aunque durante años el peso no me supuso ningún problema (o eso creía yo), durante los últimos meses ya me había empezado a encontrar un poco incómodo. Y bueno, aparte de esa motivación hay que mencionar el miedo a que el propio médico me escamochase... (Ejem, ¡hola majo!). Y afortunadamente la pérdida de peso comenzó rápidamente, lo que me animaba a continuar.
Echo de menos muchas cosas... Como he dicho, para mí comer es un placer absoluto (en algún momento volveré a hablar de ello y otros placeres). En realidad cualquier cosa prohibida me tienta, pero lo que más me está costando es no comer dulce. Afortunadamente no me ocurre siempre, pero hay veces que estoy comiendo y pensando en qué voy a comer después... Y cuando he terminado, sigo pensando que tengo hambre. Y pienso en el placer que sentiría que si tuviera a mano una tarrina de helado, o la gran diversidad de cosas dulces que me gustan. Lo paso bastante mal. Las únicas cosas dulces que puedo tomar son infusiones o café con edulcorante. Hasta ahora es lo único que me quita un poco el ansia de dulce, aunque no siempre.
Si estoy aguantando es porque pienso en perspectiva en el camino que he recorrido y que no quiero estropear. Me queda bastante por conseguir y viendo lo que ya he hecho, sé que es posible. El mantenimiento será muy difícil también y hay que seguirlo toda la vida. Es un sacrificio constante, pero es lo que hay, si quiero que la salud mejore.
Ventajas: Casi siempre suelo comprar en el mismo sitio y ahora sólo tengo que visitar tres o cuatro pasillos; visitar los otros ocho es tontería, porque no hay nada en ellos que pueda comer. Por tanto, el ahorro de tiempo bastante importante. Y además evito tener que mirar muchas de esas cosas prohibidas.
Inconvenientes: Supongo que cambiará mi público. O no, vete a saber. Me refiero a que sabía más o menos a quién gustaba o dejaba de gustar... Aunque es posible que el público también cambie a mejor. Las gallinas que entran por las que salen, o algo.
A mí no me atraen los hombres delgados; normalmente sólo los hombres fornidos me llaman la atención. No es necesario que sean muy gordos, porque realmente no me refiero a los gordos clásicos... No sé si existe una palabra para definirles... Anchos, recios, con cuerpo, no sé. Para mí son hermosos. Pero que lo sean ellos. A mí se me ha acabado la época de estar así.
De todas formas no es que esto del público me preocupe mucho en las circunstancias actuales. Y en cualquier caso, prefiero tener salud antes que público...
Antes de eso, yo llevaba unos meses intentando perder peso por mi cuenta; lo conseguí en una pequeña cantidad, pero me quedé estancado. En realidad, como cuento en la cabecera del blog, casi siempre he luchado contra el sobrepeso y lo he llevado bastante mal. Hay que reconocer que encuentro un gran placer en comer y el ejercicio tampoco es mi fuerte, por lo que tenía todas las papeletas para estar gordo. Además, las dietas que me iban proponiendo dejaban de funcionarme, o yo me cansaba, o terminaba harto de que me echaran broncas por no avanzar.
Aparte, claro está, si un día me apetecía esto, otro día aquello y al siguiente lo de más allá, sí podía me daba el capricho. Uno tras otro, disfrutando de los sabores (en parte creo que por no poder disfrutar de otras cosas)... Salvo cuando no los disfrutaba por comer compulsivamente, por no poder conseguir esa satisfacción que mi cabeza disfraza de hambre.
Cuando me dio la hoja de esta dieta, flipé bastante. Era mucho más estricta de todas las que había intentado hasta el momento. Y también era muy diferente. Examinando con más calma la información una vez llegué a casa, lo primero que pensé era cómo narices iba a poder seguirla. No había opciones, o eso parecía; no podía ni acercarme a comer lo que me había habituado a consumir durante años. Era otro mundo que me exigía unos cambios de hábitos radicales.
En algún sitio he leído o escuchado que para acostumbrarse a algo, es necesario hacerlo durante tres semanas. A partir de ahí, al parecer, se coge el hábito y ya no es tan costoso. No sé si será verdad; lo cierto es que sobre todo la primera semana alucinaba para pensar, planificar y hacer lo que tenía que comer durante el día. Cinco comidas al día, con sus reglas establecidas y tener que llevar las cosas preparadas al trabajo, intentando no salirme de las pautas. Total, que al principio, sin costumbre ni referencias, me pasaba todo el tiempo que tenía ocupado con las dichosas comiditas.
Por suerte, esta vez me pilló con ganas de cambiar, porque aunque durante años el peso no me supuso ningún problema (o eso creía yo), durante los últimos meses ya me había empezado a encontrar un poco incómodo. Y bueno, aparte de esa motivación hay que mencionar el miedo a que el propio médico me escamochase... (Ejem, ¡hola majo!). Y afortunadamente la pérdida de peso comenzó rápidamente, lo que me animaba a continuar.
Echo de menos muchas cosas... Como he dicho, para mí comer es un placer absoluto (en algún momento volveré a hablar de ello y otros placeres). En realidad cualquier cosa prohibida me tienta, pero lo que más me está costando es no comer dulce. Afortunadamente no me ocurre siempre, pero hay veces que estoy comiendo y pensando en qué voy a comer después... Y cuando he terminado, sigo pensando que tengo hambre. Y pienso en el placer que sentiría que si tuviera a mano una tarrina de helado, o la gran diversidad de cosas dulces que me gustan. Lo paso bastante mal. Las únicas cosas dulces que puedo tomar son infusiones o café con edulcorante. Hasta ahora es lo único que me quita un poco el ansia de dulce, aunque no siempre.
Si estoy aguantando es porque pienso en perspectiva en el camino que he recorrido y que no quiero estropear. Me queda bastante por conseguir y viendo lo que ya he hecho, sé que es posible. El mantenimiento será muy difícil también y hay que seguirlo toda la vida. Es un sacrificio constante, pero es lo que hay, si quiero que la salud mejore.
Ventajas: Casi siempre suelo comprar en el mismo sitio y ahora sólo tengo que visitar tres o cuatro pasillos; visitar los otros ocho es tontería, porque no hay nada en ellos que pueda comer. Por tanto, el ahorro de tiempo bastante importante. Y además evito tener que mirar muchas de esas cosas prohibidas.
Inconvenientes: Supongo que cambiará mi público. O no, vete a saber. Me refiero a que sabía más o menos a quién gustaba o dejaba de gustar... Aunque es posible que el público también cambie a mejor. Las gallinas que entran por las que salen, o algo.
A mí no me atraen los hombres delgados; normalmente sólo los hombres fornidos me llaman la atención. No es necesario que sean muy gordos, porque realmente no me refiero a los gordos clásicos... No sé si existe una palabra para definirles... Anchos, recios, con cuerpo, no sé. Para mí son hermosos. Pero que lo sean ellos. A mí se me ha acabado la época de estar así.
De todas formas no es que esto del público me preocupe mucho en las circunstancias actuales. Y en cualquier caso, prefiero tener salud antes que público...
jueves, 3 de noviembre de 2011
Golpe de Risa
Cuando estoy estresado, me pasa una cosa curiosa: como algo me haga gracia, no puedo parar de reír. Esta jugarreta que al parecer a mi cuerpo le gusta gastarme de vez en cuando (supongo que para relajar la tensión), por otro lado tiene su aspecto incapacitante, ya que al presentarse en momentos de tensión, es raro que me pille en casa.
Me pasa muy de tarde en tarde, pero de las cuatro veces que ahora mismo recuerdo (separadas por meses o incluso años), dos fueron en el trabajo, una en casa (esa sí que fue la ostia) y hoy, justo al entrar en el coche al acabar la jornada laboral. Antes no relacionaba estos ataques de risa con nada, pero las últimas veces me di cuenta de que eran una válvula de escape automática (y sin control por mi parte). Según pasa el tiempo, parece que va uno conociéndose mejor.
Las dos veces que recuerdo de la oficina (por suerte en dos oficinas diferentes), de nada sirvió intentar parar, ni ir al baño, ni desaparecer de mi sitio. Llegó un momento en que sólo pude taparme la cara con las manos, pegarla a la mesa e intentar que mis carcajadas fuesen lo más susurradas posible. Evidentemente la gente de alrededor me miraba y pensaban que me pasaba algo, pero como la risa suele ser contagiosa, al final sólo hubo un poco de cachondeíto y poco a poco se me pasó, aunque dadas las circunstancias, no lo disfruté mucho porque algún jefe había cerca.
El día que me pasó en casa, pensé que no podría parar de reir. A cada momento que mi imaginación revisitaba la causa de la risa y añadía nuevos elementos, se reavivaba la mecha y casi no podía respirar. Lloraba y moqueaba, me tiré en el sillón y dejé que saliera todo. Yo creo que estuve más de media hora sin parar. Me dolían los carrillos de la cara, la tripa y las costillas como si me hubieran dado una paliza.
Hoy salía del trabajo bastante agotado. Llevo unos días un poco más ocupado que de costumbre y al parecer se me ha ido acumulando algo de tensión. Llego al coche, abro y por aquello de no molestar a los demás coches que venían por la calle, entro a toda prisa y meto la pierna izquierda con tal energía que me endiño tremendo sugus en todo el muslo.
Para los que no estén familiarizados con el término, un sugus (aparte de un caramelo) era como llamaban en mi colegio a un rodillazo en el muslo, una de las múltiples nombres de ostias específicas con las que nos pegábamos cuando éramos niños... Había toda una retahila de técnicas: chopitos, collejas, tobitas, sardinetas, batarros... Sí que éramos bestias, sí. Lo que no sé es si estos nombres serían autóctonos de mi zona o estarían extendidos a otros lugares.
Pues nada, que estaba yo disfrutando de esos primeros momentos de dolor intenso cuando me ha dado la risa floja... Y ya no podía parar. He intentado arrancar el coche, pero no lo he conseguido a la primera. He empezado a llorar de la risa, se me han nublado los ojos y aun así, estaba decidido a salir conduciendo. Y durante varias calles he tenido que esforzarme en dejar de reír, por temor a darme un golpe. Hubiera vuelto a parar para desahogarme un poco, pero no había sitios para aparcar a la vista... Así que he seguido hasta casa, aunque lo de contenerme ha sido un poco anticlimático. Y aquí no he conseguido volver a pillar la risa floja, así que habrá que esperar a mejor ocasión.
Me pasa muy de tarde en tarde, pero de las cuatro veces que ahora mismo recuerdo (separadas por meses o incluso años), dos fueron en el trabajo, una en casa (esa sí que fue la ostia) y hoy, justo al entrar en el coche al acabar la jornada laboral. Antes no relacionaba estos ataques de risa con nada, pero las últimas veces me di cuenta de que eran una válvula de escape automática (y sin control por mi parte). Según pasa el tiempo, parece que va uno conociéndose mejor.
Las dos veces que recuerdo de la oficina (por suerte en dos oficinas diferentes), de nada sirvió intentar parar, ni ir al baño, ni desaparecer de mi sitio. Llegó un momento en que sólo pude taparme la cara con las manos, pegarla a la mesa e intentar que mis carcajadas fuesen lo más susurradas posible. Evidentemente la gente de alrededor me miraba y pensaban que me pasaba algo, pero como la risa suele ser contagiosa, al final sólo hubo un poco de cachondeíto y poco a poco se me pasó, aunque dadas las circunstancias, no lo disfruté mucho porque algún jefe había cerca.
El día que me pasó en casa, pensé que no podría parar de reir. A cada momento que mi imaginación revisitaba la causa de la risa y añadía nuevos elementos, se reavivaba la mecha y casi no podía respirar. Lloraba y moqueaba, me tiré en el sillón y dejé que saliera todo. Yo creo que estuve más de media hora sin parar. Me dolían los carrillos de la cara, la tripa y las costillas como si me hubieran dado una paliza.
Hoy salía del trabajo bastante agotado. Llevo unos días un poco más ocupado que de costumbre y al parecer se me ha ido acumulando algo de tensión. Llego al coche, abro y por aquello de no molestar a los demás coches que venían por la calle, entro a toda prisa y meto la pierna izquierda con tal energía que me endiño tremendo sugus en todo el muslo.
Para los que no estén familiarizados con el término, un sugus (aparte de un caramelo) era como llamaban en mi colegio a un rodillazo en el muslo, una de las múltiples nombres de ostias específicas con las que nos pegábamos cuando éramos niños... Había toda una retahila de técnicas: chopitos, collejas, tobitas, sardinetas, batarros... Sí que éramos bestias, sí. Lo que no sé es si estos nombres serían autóctonos de mi zona o estarían extendidos a otros lugares.
Pues nada, que estaba yo disfrutando de esos primeros momentos de dolor intenso cuando me ha dado la risa floja... Y ya no podía parar. He intentado arrancar el coche, pero no lo he conseguido a la primera. He empezado a llorar de la risa, se me han nublado los ojos y aun así, estaba decidido a salir conduciendo. Y durante varias calles he tenido que esforzarme en dejar de reír, por temor a darme un golpe. Hubiera vuelto a parar para desahogarme un poco, pero no había sitios para aparcar a la vista... Así que he seguido hasta casa, aunque lo de contenerme ha sido un poco anticlimático. Y aquí no he conseguido volver a pillar la risa floja, así que habrá que esperar a mejor ocasión.
domingo, 24 de abril de 2011
¿Y Por Qué Estoy Que No Me Aguanto?
La razón principal, en mi opinión y conociéndome desde dentro, por la que estoy que no me aguanto, es por Lo Único. Tomando prestado lo que dijo Homer Simpson acerca del alcohol: causa y -al mismo tiempo- solución de todos nuestros problemas.
Sí, el sexo. No es la primera vez que lo digo ni será la última. Está clarísimo. Desde que no siento placer sexual, no soy el mismo. Nunca he sido la alegría de la huerta y aún así puedo decir que se me ha jodido el carácter, probablemente porque pienso que ahora tengo una razón para ser negativo. Hay quien llama "mal follados" a quienes tienen un carácter agrio y desagradable. Y no les falta razón. Donde esté una buena corrida, que se quite el fútbol. Y los toros. El desahogo que proporciona el sexo es difícil de encontrar en otra parte, si es que existe.
Y es una cosa sencilla: cuando alguien te gusta, o cuando la imaginación se pone a trabajar, las caricias tienen un sabor extraordinario, el placer se siente de forma natural, muy intensa, y sobre todo AUTOMÁTICAMENTE. No hay que hacer nada especial: te acaricias y te da un gusto que te mueres. ¿En qué cabeza cabe no sentir algo que es automático, que es deseado y que siempre ha funcionado sin preocuparse de su mecanismo interno?
Ni siquiera estando con alguien que me guste mucho, que me apetezca mucho, consigo sentir nada. Es desesperante. Yo creo que no fue una depresión lo que me causó la anhedonia, sino que va a ser la consecuencia. No sé si estaré deprimido ya. El caso es que no tengo ganas de experimentar más. En este momento, puede que parte de la culpa la tenga la medicación.
Lo último ha sido probar un cambio en mi antihistamínico, a sabiendas de que me iba a sentir cansado, adormilado y posiblemente me despertaría el apetito. Por suerte esto último no ha ocurrido: no me ha dado más hambre y sigo en mi peso habitual. Pero estoy cansadísimo, todo el día arrastrándome, recuperándome sólo a media tarde... Y no ha habido ninguna mejora en cuanto a sentir más placer. Ni siquiera creo que llegue a completar la caja de pastillas. Volveré para que me receten lo de siempre.
Lo siento mucho si he hecho daño a alguien, porque no lo pretendo. No me encuentro bien para iniciar una aventura en serio. Quizá sea mi anhedonia; quizá sean más cosas como mi miedo al cambio. Agradezco ver que hay buenas personas en el mundo y estaré encantado de encontrar amistad, compartir momentos agradables, vivir experiencias... No creo estar preparado para algo más profundo. Digan lo que digan, el sexo es algo importante y privar de ello a una relación es un duro golpe. No quiero cargar a nadie con este problema.
Sólo me queda reiterar desde aquí que disfruten todo lo posible, porque nunca se sabe si en algún momento ese placer va a desaparecer. Las cosas no se suelen apreciar mientras se tienen, sino cuando se pierden.
En mi caso, una vez probado el camino de intentar sentir algo sin conseguirlo, me queda otro camino por probar: olvidarme un poco del tema y diversificar mis actividades, buscando otros intereses que llenen mi vida.
Sí, el sexo. No es la primera vez que lo digo ni será la última. Está clarísimo. Desde que no siento placer sexual, no soy el mismo. Nunca he sido la alegría de la huerta y aún así puedo decir que se me ha jodido el carácter, probablemente porque pienso que ahora tengo una razón para ser negativo. Hay quien llama "mal follados" a quienes tienen un carácter agrio y desagradable. Y no les falta razón. Donde esté una buena corrida, que se quite el fútbol. Y los toros. El desahogo que proporciona el sexo es difícil de encontrar en otra parte, si es que existe.
Y es una cosa sencilla: cuando alguien te gusta, o cuando la imaginación se pone a trabajar, las caricias tienen un sabor extraordinario, el placer se siente de forma natural, muy intensa, y sobre todo AUTOMÁTICAMENTE. No hay que hacer nada especial: te acaricias y te da un gusto que te mueres. ¿En qué cabeza cabe no sentir algo que es automático, que es deseado y que siempre ha funcionado sin preocuparse de su mecanismo interno?
Ni siquiera estando con alguien que me guste mucho, que me apetezca mucho, consigo sentir nada. Es desesperante. Yo creo que no fue una depresión lo que me causó la anhedonia, sino que va a ser la consecuencia. No sé si estaré deprimido ya. El caso es que no tengo ganas de experimentar más. En este momento, puede que parte de la culpa la tenga la medicación.
Lo último ha sido probar un cambio en mi antihistamínico, a sabiendas de que me iba a sentir cansado, adormilado y posiblemente me despertaría el apetito. Por suerte esto último no ha ocurrido: no me ha dado más hambre y sigo en mi peso habitual. Pero estoy cansadísimo, todo el día arrastrándome, recuperándome sólo a media tarde... Y no ha habido ninguna mejora en cuanto a sentir más placer. Ni siquiera creo que llegue a completar la caja de pastillas. Volveré para que me receten lo de siempre.
Lo siento mucho si he hecho daño a alguien, porque no lo pretendo. No me encuentro bien para iniciar una aventura en serio. Quizá sea mi anhedonia; quizá sean más cosas como mi miedo al cambio. Agradezco ver que hay buenas personas en el mundo y estaré encantado de encontrar amistad, compartir momentos agradables, vivir experiencias... No creo estar preparado para algo más profundo. Digan lo que digan, el sexo es algo importante y privar de ello a una relación es un duro golpe. No quiero cargar a nadie con este problema.
Sólo me queda reiterar desde aquí que disfruten todo lo posible, porque nunca se sabe si en algún momento ese placer va a desaparecer. Las cosas no se suelen apreciar mientras se tienen, sino cuando se pierden.
En mi caso, una vez probado el camino de intentar sentir algo sin conseguirlo, me queda otro camino por probar: olvidarme un poco del tema y diversificar mis actividades, buscando otros intereses que llenen mi vida.
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